martes, septiembre 15, 2009

Instantáneas del F I N del M U N D O ( i )

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Paseo nocturno


Era pasada la media noche y me caía de sueño. Abrí la puerta y salí de la calle hacia mi casa. Me lavé la cara, las manos. Me quité la corbata, la camisa, el pantalón y los zapatos; los arrojé en cualquier parte.

La puerta de mi casa estaba cerrada desde adentro; alguien estaba ahí, durmiendo, podía escucharlo roncar.

En la cocina guardaba una llave de repuesto. Fui por ella y regresé y abrí la puerta. Allí estaba yo, durmiendo y soñando ruidosamente. Me acosté dentro de mí, conté 26 borregos y algunas cabras y me dormí y desperté.

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martes, agosto 18, 2009

Minificciones

Fantasías I


El bombero
Apagó el incendio con gasolina.

Pescador
Cazó aquella ballena con sólo sus manos.

Cuento fantástico (mentira descarada)
...y vivieron felices para siempre.

Cuento fantástico (realismo concreto)
...y murieron felices para siempre.

Disculpa
¡Lo juro! ¡No sabía que tenía cinco años!

Utopía
Cada vez hay más menores de diez años que cometen suicidio.

Increíble
Cuando despertó, ella todavía le parecía hermosa.

Imposible
No sólo era una rubia hermosa e inteligente, también era heterosexual.

Milagro
Cuando la conocí, ella todavía era virgen.


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lunes, junio 01, 2009

Relato novedoso de serenidad fortuita; otro

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Árboles



A veces, al caer la noche, en ese momento en que el horizonte deja de ser una línea de luz roja, pero aún no es completamente negra, Emma sale a caminar al parque. Unos pocos niños juegan aún en los columpios o con un balón, corren de un lado a otro o montan en sus bicicletas, o dan giros y saltos con sus patines. En breve, algunas madres vendrán a recoger a los rezagados, y cuando Emma llegue a la banca del centro del parque, sobre una pequeña colina, y se siente bajo la sombra del árbol, que en la noche proporciona una sombra más deliciosa, ya no habrá más niños ruidosos que la molesten.

Un perro pasó corriendo junto a Emma. Emma tuvo que moverse a un lado del caminito de grava para no ser derribada por el niño que corría frenéticamente detrás de la bestia, gritando:
—Ven acá, no corras.

Suspiró para ahogar un gesto de enojo. No podía estar enojada. Necesitaba estar alegre, o no tendría sentido venir.

Continuó caminando a paso lento. Los gritos disminuían con cada paso que daba, como en una misteriosa conexión cósmica. Y en pocos minutos, ya estaba subiendo por la colina.

El aire refrescaba. Era uno de los grandes placeres, ese aire frío y vegetal que reinaba en el parque; un aire verde oscuro. Era como si allí nunca hiciera calor. Y ya era bastante con el calor de cada día de trabajo en la ciudad. Un calor pegajoso y molesto, al que ella imaginaba negro, que traía consigo más cansancio que la jornada de trabajo regular. Además estaban esas horribles minifaldas que debía usar en el trabajo; por fortuna, Emma nunca había sido de esas mujeres que se quejan demasiado pronto de tales cosas. Además, las propinas eran buenas, y en pocos meses había conseguido un buen lugar para vivir, un departamento amplio y bonito, cerca del parque. ¿Cuántas meseras podrían presumir de eso? Pero Emma no presumía en realidad. Tan sólo estaba satisfecha; no había nada de malo en sentirse bien consigo misma. Aunque no todo el tiempo era así.

Cerró los ojos para escuchar la brisa golpeando las hojas del árbol. Delicioso. Musical. Era como ser feliz. Y otros árboles, más allá, se unían a la canción del árbol de la colina. Cantaban para Emma. Y de los ojos de Emma escapaban las lágrimas. Una o dos lágrimas cada vez. De tristeza o de placer. En algunas raras ocasiones, ambas. Esta noche, la lágrima solitaria que salió de uno de sus ojos, representaba un sentimiento que no era muy claro. Emma se había separado de su novio unos días antes. Se sentía libre, pero no podía negar que se sentía triste.

Después de cinco años, su relación la ahogaba. Emma deseaba recuperar su vida. Antes, con frecuencia salía a bailar en las noches. Ya no lo hacía más. Solía ser independiente. Más tarde, comenzó a sentirse esclavizada. Recuperar su libertad era recuperarse a sí misma, recordar quién era. Emma es una mujer que baila y canta, que sueña y que no le rinde cuentas a nadie.

Pero se sentía sola. Eso no podía negarlo.

Escuchaba el sonido del aire sobre las hojas. Los ojos cerrados mantenían la mayor parte de la tristeza dentro. Se iba haciendo tarde. Estrellas pálidas en el cielo, y un poco de agotamiento en el cuerpo.

Se incorporó y dejó escapar un suspiro nostálgico. Una risita burlona se abrió paso desde su corazón, avanzando hasta alcanzar sus labios. “Será mejor que me vaya a dormir”, pensó.

Emma camina sobre las hojas secas. Le gusta el ruidito que hacen al pisarlas. Aún no termina el verano; el calor es sofocante, pero la noche puede ser fresca. Algunas hojas se equivocan y saltan de sus ramas, creyendo que ha llegado el otoño. El otoño es la temporada que más le gusta a Emma. Imagina la estación como una gran postal en tonos sepia o una película vieja, y se siente contenta.

Recuerdos. Su infancia le parece un prolongado otoño. Cabañas y hojas secas, viento, senderos libres de viandantes, bufandas; a Emma le gustan las bufandas. Cuando era niña, su madre le regaló una bufanda azul, para evitar resfriarse cuando jugaba en el parque con los otros niños. La vida de Emma parece un álbum de fotografías antiguas, melancólicas y un poquito siniestras. Le gustaría soñar con esas cosas, pero casi nunca recordaba sus sueños, y cuando lo hacía eran planos, aburridos; no había ninguna emoción en ellos. Emma recuerda que una vez soñó con la casa de la abuela, con sus escaleras de caracol que conducían a un ático lleno de polvo, cuadros, libros y vestidos increíbles. En su sueño, ella caminaba por la calle, y se detenía a mirar la casa de la abuela. Ahora deseaba haber traspasado el jardín y haber entrado a la casa, para ver si en los sueños también existían todas esas cosas que había en los recuerdos.

El crujir de las hojas le hizo pensar en un otoño en verano. Otoño en verano. Otoño de verano. Verano otoñal. Otoño veraniego. “Nada de eso”. Verano y hojas secas, que nunca volverán a existir, no más.

Salió del parque. Caminó sobre la acera, cruzó una avenida vacía. Un semáforo daba indicaciones a autos invisibles. “¿Tendrán avenidas los muertos?”

El eco de sus pisadas se perdía en la oscuridad del pasillo. La mano hizo girar la llave, y la puerta se abrió con un apenas esbozado rechinido. Emma encendió la luz de la sala, se sirvió agua en una copa, y olvidó tomarla. Ahora estaba contemplando el álbum de fotos de su cabeza. Allí estaba su madre, con su rostro y su frente grandes y esa sonrisa tímida que Emma heredó. Su padre siempre afligido. Su hermano menor de cabellos alborotados. Su abuela. Dio vuelta a la página. Allí estaban las instantáneas de su relación recientemente terminada. Una feria, un cine, un museo, un teatro, una librería, un grito, una bofetada, un reclamo, un temor.

Esa noche, Emma durmió muy sola.

Esa mañana, Emma despertó muy sola.

Ese día, Emma trabajó sin ánimos. Sólo esperaba la hora de ir a comer, para fumarse un cigarrillo y tomarse un buen café con mucha azúcar. No imitación, azúcar auténtica.

La jornada terminó. Se quitó la falda y se colocó su falda larga, de color verde olivo, esa falda que indica que Emma se siente muy triste, como si su corazón fuera a reventar, y muy distante, como si estuviera en el lado oscuro de Plutón, el planeta que ya no era un planeta sino sólo un pedazo de piedra muerta a la deriva. Emma no entendía cómo un planeta podía dejar de ser un planeta; pensaba que era como si alguien dijera que los pinos ya no son árboles porque no comparten las mismas características que los demás árboles. Emma a veces despreciaba al hombre. Se cambió los tenis blancos por los zapatos sin tacón, de tela gris, desgastados, que habían soportado durante años los pasos lentos de Emma. No se peinó, sólo recogió su cabello con una pinza roja de plástico.

En la calle, se comió una ensalada de pollo, chícharos, elote, papas, zanahorias y aderezo. Se fue a casa, hizo la limpieza, lavó los platos, guardó la copa después de tomarse el agua de la noche anterior, tiró a la basura viejas cartas de amor, quitó de la pared el cuadro abstracto y colocó un paisaje. Un otoño. Con una cabaña y un molino, un río y un pescador solitario que no conseguía aún atrapar nada. Y se fue al parque enseguida.

Llegó a su banca y cerró los ojos. El aire era un poco más frío esta noche. Y un poco más oscuro, cercano al gris negro.

Buscó en el bolsillo de su falda. Un caramelo. Necesitaba algo dulce, y un caramelo podía darle una sonrisa. Era de hierbabuena. Le enfriaba la garganta al aspirar su esencia. Emma pensaba que los muertos nunca sentían frío.

Cuando Emma iba al parque, y se sentaba en la banca sobre la colina, bajo aquel árbol, y escuchaba el roce del aire fresco sobre las hojas de todos los árboles, y saboreaba un dulce, era esa Emma libre que bailaba y cantaba y hacía todas esas cosas maravillosas que amaba, y ya no estaba sola.


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lunes, marzo 23, 2009

La literatura fantástica en México

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La literatura fantástica, en cualquiera de sus vertientes (policíaca, ciencia ficción, terror, sobrenatural, maravillosa, etcétera) no goza de muy buena reputación en América Hispánica, en general, y en México en particular, siendo la literatura llamada realista (que no deja, sin embrago, de ser ficción; incluso aquella que habla de personajes, lugares y acontecimientos reales, lo hace de un modo ficticio) la que goza de mayor audiencia, quizá sólo superada (en ventas) por las insulsas lecturas de superación personal, new age y revistas frívolas de moda y chismes.

La Historia de nuestro país, como de nuestro medio continente, se remonta a un pasado idílico, pleno de fantasías. Lo fantástico está inmerso en nuestra cultura (¡qué más fantástico que la idea de un ser todopoderoso!), es parte de lo que somos, y aunque la literatura realista sea más apreciada por los escritores y lectores, y más estudiada y valorizada por los críticos, es un hecho consumado que la obras más importantes que han dado nuestras naciones pertenecen a ese género desdeñado por las mayorías. En México, practican o practicaron el género personajes de la talla de Juan Rulfo y Juan José Arreola, pero también Carlos Fuentes, Salvador Elizondo, Elena Garro, Rafael Bernal y, por supuesto, René Avilé Fabila, Bernardo Ruiz, Ricardo Bernal, Alberto Chimal, Gerardo Horacio Porcado, Emiliano González, Mauricio Molina, entre otros
[1], sin contar a los nuevos escritores, sobre todo provenientes de la escena oscura, dark o gótica. De América Hispánica provienen personajes como Horacio Quiroga, Eduardo Ladislao Holmberg, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casáres, Julio Cortázar, Augusto Monterroso, y una larga lista que resultaría ocioso completar, además de inútil o imposible.

Habiendo tal cantidad de autores que han creado obras fantásticas tan importantes, ¿por qué seguimos considerando al fantástico como un género menor? Las razones pueden ser muchas: desde la ridícula idea de que el relato fantástico es sinónimo de cuento para niños o jóvenes inmaduros que pretenden negar la realidad, hasta la suposición de que un continente trágico como el nuestro, al cultivar una identidad más cercana al socialismo que al capitalismo globalizador, no tiene tiempo para la imaginación, luchando como está para tan sólo sobrevivir (estoy hablando de la identidad del pueblo, no del Estado autoritarista que gobierna en la mayoría de nuestras naciones). Razones como éstas, válidas como pueden ser, no consiguen explicar por qué, entonces, además de la literatura basura tan abundante hoy en día, el libro más vendido es Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, novela perteneciente, quién lo duda, al género fantástico (por más que casi todos sus poco críticos críticos la cataloguen de novela realista contada con analogías, metáforas y metonimias; ver los textos adjuntos a la edición conmemorativa, publicada por Alfaguara, para conocer los textos en su totalidad y sus débiles argumentos; critíquelos usted mismo).

Siguiendo esta línea de ideas, si Cien años de soledad es aplaudida y adorada por tantos, y esos tantos la han convertido (desde la soledad de una psicosis; como mínimo, desde la mentira y la farsa, que tan bien se da en nuestros países, al igual que la adulación fácil y el onanismo en grupo) en novela realista, es evidente que ese pasaje se ha dado como una forma de justificar la lectura de una novela perteneciente a ese género tan aberrante y desdeñado que es el fantástico: “Si la consideráramos novela fantástica -parecen decir tales críticos-, sería vergonzoso haberle otorgado un Nóbel a su creador.”

Sin ir ya demasiado lejos, podemos aventurar una idea: La literatura fantástica es un arte superior, y por ende será comprendida y aprehendida por una minoría; mientras que la literatura realista es un género más bien vulgar, y va dirigido a un sector de inteligencia y gusto vulgar, conformado por las mayorías. ¿Digo con esto que el arte debe ser para una élite? Sí, precisamente digo eso. Tristemente, sin embargo. Veamos por qué:

La élite (para los fines que en este texto nos ocupan) es un grupo desafortunadamente muy reducido, conformado por sujetos cuyos alcances intelectuales van más allá de lo simple y evidente, de lo obvio y elemental, es decir, individuos de mayor inventiva, creatividad, y sobre todo, poseedores de una mayor capacidad de análisis, que permite acceder a la importancia real de la literatura fantástica y su relación con el mundo real, siendo como es, su mejor analista y crítica.
[2]

La literatura fantástica, al ser un arte que podríamos etiquetar de superior, va dirigida al hombre superior (ya dijimos en qué aspectos); evidentemente, el individuo superior no puede ser el mismo que conforma las mayorías. Éstas, las mayorías, están destinadas (de cierto modo trágico, no literal) a consumirlo todo: consumen lo vulgar, por un lado, porque apela a ellas (grandes ventas de libros de superación personal y psicología barata que ofrecen soluciones a los problemas típicos del ciudadano común), consumen lo superior, por otro lado, por un asunto de frivolidad, ya porque se pone de moda o ya por las campañas mediáticas, como las que hicieron llegar Don Quijote de la Mancha y el propio Cien años de soledad a círculos de lectores más abundantes que nunca antes.

Ahora que sabemos esto, ¿no sería correcto favorecer la educación de nuestro país, de tal modo que esa reducida élite creciera un poco más? ¿No sería lo ideal que cada vez más gente desarrollara su capacidad crítica, y que el arte, en lugar de bajar su calidad para llegar a más sectores de la población, fueran estos mismo sectores los que aumentaran su capacidad de asimilar el arte? ¿No sería maravilloso que se leyera menos a Carlos Monsiváis y Elena Poniatowska y sí más a Juan José Arreola y Elena Garro?

En tal sentido, es bueno que existan libros como Harry Potter, Lestat y Crepúsculo. Cuando una persona jamás ha tomado un libro, y (gracias a la publicidad) se atreve a comprar y leer uno de estos libros, esto puede ser una buena entrada a una mejor literatura, es un buen comienzo. El problema es que la mayoría, aún prefiere quedarse con esas lecturas, sin aventurarse a ir más allá. ¡Cuántos lectores de esta nueva literatura jamás han leído una línea de Poe, Lovecraft, Bradbury, Hoffman, Quiroga, Verne, o tan siquiera de Borges! Y si bien, aquellos exitosos autores, a nivel ventas quiero decir, escriben novelas del género fantástico, es importante hacer notar que no toda la literatura fantástica es un arte superior. La verdadera literatura fantástica, la que llamamos superior es, en palabras de René Avilés Fabila, “un arte refinado que no ha alcanzado el lugar que le corresponde todavía, que pertenece a las minorías y que por sus dificultades formales o temáticas no consigue la penetración necesaria, especialmente en donde los problemas culturales son grandes. Y esto no es un criterio elitista, sino parte de un complicado fenómeno político y social”
[3]. Pero, ¿cómo podrá llegar a esos sectores? ¿Qué le ofrecen hoy en día un Poe, un Lovecraft, un Arreola, a una persona que con grandes dificultades gana algo de dinero, apenas suficiente para mal-comer, mal-vestir y mal-vivir? ¿Qué le ofrecen a sus hijos? ¿A quién le sobran 50, 100, 200 pesos para comprarse un libro que no está seguro de que entenderá o disfrutará? Tú, escritor, ¿qué le ofreces?

[1] Significativo el caso el de Carlos Olvera, ganador del segundo lugar del concurso de cuento “Juan Rulfo” de 1988, quien en 1968 publicó Mexicanos en el espacio, probablemente la mejor space opera en español al combinar la literatura de la onda con los temas que pronto se volverían clásicos de la ciencia ficción (corporaciones súper poderosas, vuelos espaciales, corrupción, totalitarismo), anticipándose a John Brunner, y que entonces abandonó el terreno fantástico, considerado cosa de jóvenes.
[2] En la traducción francesa de Crash!, de J.G. Ballard, el autor señala en el prólogo: “La ficción está allí. El trabajo del novelista es el de inventar la realidad”. Es en tal tono que podemos afirmar que la ciencia ficción, y toda la demás literatura fantástica, más que ser un género de evasión de la realidad, es un modo de asimilar la realidad, de aprender a vivir en ella y a transformarla en lo que queremos que sea. Pero no es un trabajo sólo para el escritor, lo es también para el analista y sobre todo lo es para el lector.
[3] René Avilés Fabila. “¿Es la literatura fantástica un género de evasión?”, en: Material de lo inmediato. Nueva Imagen, México, 2005. p. 124.

martes, marzo 17, 2009

Nico no estaba muerta

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Era otoño. Nico no estaba muerta.

Era 1999. Y ella lucía vieja y joven, eterna.

Yo viajaba en bicicleta, mirando a los otros ciclistas. Un mujer rubia, de ojos distantes y sonrisa extraordinaria aunque triste, y quizá un poco fría, pasó junto a mí. Era Nico. Di media vuelta sobre la hojarasca y pedaleé lo más rápido que pude; fui tras ella.

Había muchas cosas en mi corazón y se las quería mostrar. Pero no conseguí alcanzarla.

Para Adri, con amor, quien
compartió la magia de Nico conmigo


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sábado, enero 24, 2009

Incidente en Reforma

(Robert Crumb)

Plumas

Caminaba sobre Reforma. Eran cerca de las tres de la madrugada y ningún taxi se atrevió a detenerse. Hacía frío, pero me pareció agradable cruzar hasta el camellón central y caminar bajo los árboles que parecían más despiertos a esas horas.

A unos metros de mí, bajo la pálida iluminación pública, algo se movió. Me acerqué a inspeccionar. ¿Qué será? Tenía la forma de un hombre, pero cubierto de plumas negras y grises. ¿Un hombre alado, emplumado?

Di una palmada para llamar la atención de la criatura, si criatura era (se movía, debía estar vivo), y miles de pájaros emprendieron el vuelo; ante mí sólo quedaba el cadáver putrefacto de una persona.

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martes, noviembre 25, 2008

otro novedoso relato de serenidad fortuina para la «coletzión»

Fuck me and marry me young



Like a voice in the wind blow little crystals down
Like brittle things will break before they turn
Like lipstick on my cigarette
And the ice get harder overhead
Like think twice but never never learn…
—The Sisters of Mercy, Driven like the snow


Iba en el mismo autobús que yo, separada de mí por cuatro asientos y un pasillo atestado. Nuestras miradas se encontraron un par de veces cuando ella parecía buscar algo atrás, o tal vez a alguien. Su mirada se mantenía fija en la mía, y parecía estar a punto de sonreír, pero sólo se giraba hacia el lado contrario, recargaba la cabeza sobre la ventana y cerraba los ojos. Parecía dormir, pero de vez en vez sus ojos se abrían, fijos siempre en los míos, que no se desviaban nunca.

Volvió a abrir los ojos, sin dejar de mirarme, y un bostezo invadió su boca, tímidamente oculto detrás de la palma de una mano. Se desperezó, estiró el cuello, aspiró profundamente y se levantó. Caminó hacia la portezuela delantera, esquivando codos y bultos, y solicitó el descenso.

Caminó sobre la acera, y se detuvo frente a mi ventana. Sus pechos se dibujaban sobre su playera negra con una leyenda en nerviosas letras blancas: “Fuck me and marry me young”. Y el autobús reemprendió el viaje.


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domingo, octubre 19, 2008

El espejo de la Reina: Novedoso relato de serenidad fortuita

(Ilustración: John Tenniel)

El espejo de la Reina


La Reina Blanca contemplaba sus docenas y docenas de espejos maravillosos. Su rostro hermoso con apenas luz de alguna arruga rebelde, dejaba escapar gigantescas sonrisas y miradas furtivas de saber prohibido. La música del ajedrez rojo y negro (había sido remodelado varias veces durante el último siglo), y los vientos de los pastos secos mecían su corazón amorosamente, mientras trataba de dormir, pero nunca dormía, pues el trabajo de vigilar a Alicia a través de los espejos nunca terminaba.

Alicia, a los 17 años, se embarazó y al caer por unas escaleras de Escher, y rodar durante días y noches enteros y enteras, malogró al producto de aquella noche salvaje de éxtasis y rock funky, más algo de Sigue Sigue Sputnik, covereando a los Smashing Pumpkins, vodka con jugo de naranja barato, cigarrillos mentolados y un preservativo defectuoso. El mundo es un maldito vampiro que nos chupa la sangre del ánimo, y nos quedamos encerrados en jaulas corriendo y corriendo en el mismo lugar. Si me quedara inmóvil quizá volvería a ser niña.

La Reina Blanca sonreía con malicia. Alicia sonreía con amargura. La Reina Margoth no tenía nada que ver en todo eso. Y Alicia estaba tan mal que orinaba miel. Y su mierda olía como pétalos de rosa pasados por vodka con chocolate. Los cerdos gruñían y ladraban y maullaban al otro lado de la puerta del chiquero, donde Alicia dormía cuando era niña. Pero realmente esa puerta no estaba allí, sólo era un recuerdo, pues al volver de su aventura, que nunca pudo ser confirmada, sus padres decidieron llevarla a New York, donde la vida es más tranquila.

En el jardín trasero de Alicia los hongos florecían y se multiplicaban, y con ellos preparaba estofados y jugos especiales para cuando tenía que emprender uno de esos largos viajes hombre adentro, de ésos que están llenos de peligros y tormentas eléctricas y pus y sudor. Pero Alicia ya no era la misma, mientras los hongos humeantes prosperaban en el sótano.

La Reina Blanca vigilaba el banal envejecimiento que sometía el cuerpo de Alicia. Veía su rostro otrora radiante repleto de arrugas y de ojos desesperanzados. Pero no siempre fue así. Antes la joven Alicia vivió aventuras memorables, pero eso ha sido olvidado, aunque no por todos. La Reina Blanca nunca olvida. Al volver a su mundo, donde no todos están locos, según las versiones oficiales del reino, Alicia comenzó a consumir, además de hongos, ácidos y otras drogas sintéticas, y a asistir a clubes de jazz ortodoxo, aburridos, desencantados, como un epitafio por adelantado a una vida de desenfreno y sexo, que finalmente la haría sucumbir. Su vida se consumía entre aburrimiento y aburrimiento, entre un día y una noche, entre dormir y soñar que no se sueña gran cosa.

El único pasatiempo que tenía Alicia era jugar ajedrez contra ella misma. Cuando ganaba, festejaba como una loca, cuando perdía, se arrastraba llorando sobre el suelo, hasta llenarlo de sangre y lágrimas negras, agua manchada de maquillaje barato. Pero no había nadie que le diera consuelo. Ni siquiera el polvo oscuro o los fantasmas del licor y la cerveza que suelen visitar a algunos de sus compañeros. La soledad nunca pareció tan solitaria como en el cuarto de Alicia, en el edificio alto donde ahora vivía, en New York, tan alto que el ruido de los autos apenas llegaba a sus oídos, sin siquiera causarle un leve dolor de cabeza.

Su belleza no tenía comparación entre las niñas de su escuela, pero más tarde, sumida en la depresión y la adicción, la luz de sus ojos de luciérnaga morada se apagó, como una vela en el agua. La última chispa de sabiduría quedó perdida, atrapada en esa estrella que Alicia vio, la última mirada lúcida, antes de acabar así, como un bufón de una corte de otra parte. La Reina Blanca la miraba y se alegraba. Esa era su vana venganza contra la niña que la humilló.

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domingo, julio 06, 2008

Inflorescencia

( Grass roots ii; Ursula Salemink-Roos )



Inflorescencia

Había oído de gente que habla con sus plantas y flores, para que éstas crezcan saludables; he sabido incluso de personas que les cantan o les recitan poesía. Por ello, no me sorprendió demasiado descubrir a Clara contando sus problemas a las macetas de mi departamento.

Al principio parecía un juego. Clara venía a visitarme una o dos veces a la semana. Cenábamos juntos, tomábamos una copa, asistíamos a obras de teatro, íbamos a los cines, escuchábamos música, y, más como una ocurrencia que como una actividad formal, cuidábamos las plantas de mi departamento. Clara disfrutaba ponerlas bajo la lluvia para que bebieran el vital líquido, ponerlas al sol o a la sombra según hiciera falta, cambiarles la tierra vieja por nueva o la maceta por una más grande, y, lo más interesante, ayudarlas a su reproducción. Nunca tuvimos, ni ella y no, mascotas. Las plantas eran un buen sustituto. En realidad, eran más que un sustituto. Para algunas personas son como hijos.

Clara sacó varios libros de botánica de la biblioteca pública, y aprendió lo fundamental sobre la vida sexual de las flores.

Comenzó a utilizar palabras como “pistilo”, “estambre”, “estigma”, “antera”, “filamento”, “corola” y “sépalo”. En algunas semanas, logró que mis plantas dieran más flores que nunca.

Todo esto podría parecer agradable, o incluso fascinante, excepto por una cosa: Clara ya no tenía más vida que las flores. Hacía semanas (tal vez meses) que no hacíamos el amor, que no íbamos al cine, que no salíamos a divertirnos, en suma que no hacíamos otra cosa que cuidar seres del reino vegetal. Incluso, por petición suya, llegué a darle una copia de la llave del departamento, “para acompañar a las flores cuando las dejas sola”, me dijo. No supe negarme. Por alguna razón, su explicación me pareció bastante razonable. Así que cuando salía a trabajar, Clara pasaba la mayor parte del tiempo en mi departamento, haciendo no sé qué cosas con aquellas plantas.

La primera anomalía sucedió después de una fuerte disputa entre Clara y sus padres. Llegué a casa y escuché voces y llanto. Cuidándome de no hacer ruido me acerqué a la habitación de donde venían los sonidos. Abrí la puerta suavemente y descubrí a Clara llorando y hablando con unos claveles.

—Ya no los soporto —decía ella, entre sollozos—. A ellos nunca les importó nada de lo que yo quisiera, ¿por qué creen ahora que tienen derecho a decirme qué hacer? —se refería a que sus padres no aprobaban su decisión de abandonar su trabajo para pasar el mayor tiempo posible al cuidado de mis plantas (trabajo que, por otro lado, no le generaba unos buenos ingresos).

Yo le apoyé en esa decisión, no por su relación con las plantas, sino porque me parecía injusto que trabajara durante siete horas diarias, incluidos los sábados, por una paga tan ridícula que no permitía a nadie sobrevivir, ya no se diga vivir dignamente.

Salí de la habitación, y cerré la puerta tras de mí. Esperé a que dejara de sollozar, y llamé a la puerta. Ella me hizo pasar. Dijo que había tenido un mal día, que se había sentido triste y que había llorado para desahogarse. Acepté su explicación. Nunca supo que me di cuenta de todo lo que pasaba allí.

Durante un tiempo, las cosas se relajaron. Volvimos a salir, aunque no tanto como en el pasado. Pero estábamos lejos de estar perfectamente bien: ella seguía negándose a tener un contacto más íntimo conmigo.

Traté de tenerle paciencia y esperar, y en buena medida lo conseguí. Y lo habría logrado del todo de no ser por lo que ocurrió aquella noche.

Para darle una sorpresa a Clara la llamé de la oficina y le dije que me quedaría dos horas extra en el trabajo, lo cual era falso. En realidad, planeaba llegar temprano, darle una nueva planta (una pequeña planta carnívora, en una diminuta maceta de barro) y pedirle que nos fuéramos de día de campo al día siguiente, que me tocaba descanso. Iríamos al mercado de flores y visitaríamos el invernadero. Seguramente le encantaría la idea.

Pero cuando llegué, escuché unos gemidos leves detrás de la puerta de mi habitación. Acerqué el oído y me sobresaltó un fuerte grito.

Ligeramente asustado, abrí la puerta de golpe, y lo que vi va más allá de la sorpresa, de lo imaginable: Clara, no estoy bien seguro de cómo, estaba haciendo el amor con una orquídea. Estaba acostada sobre mi cama, completamente desnuda. Aún recuerdo con triste claridad el momento en que la flor abandonaba su sexo, y la mirada despreocupada y lasciva de Clara.

Di la vuelta y salí a prisa del departamento. Vagué durante algunas horas por la ciudad, bajo la lluvia. Me interné en un parque completamente enlodado. Como un zombie, sólo caminaba por instinto, sin fijarme dónde ponía los pies, hasta que sentí pisar algo suave. Miré abajo y descubrí que caminaba por una jardinera llena de flores. Me sentí molesto y comencé a pisotearlas. Al principio levemente, después con furia. Resbalé y tomé entre mis manos algunos tallos que arranqué de raíz. Repetí la operación una y otra y otra vez, hasta que me derrumbé fatigado y llorando, y completamente empapado de lluvia y lodo. Cuando me tranquilicé, volví a casa.

Clara no estaba allí. El departamento se encontraba en silencio. La habitación estaba en orden. No sé por qué, pero de alguna manera esperaba encontrarme con un desastre y un caos absolutos. En su lugar, hallé la cama hecha, las plantas en sus repisas correspondientes y los platos lavados. Debe haberlo hecho Clara antes de irse. ¿De irse a dónde? Nunca lo supe.

Primero supuse que estaría con sus padres, pero rechacé la posibilidad porque ya sabía de antemano que no era una posibilidad. Comencé a buscarla en los mercados de flores, en el invernadero, sin siquiera encontrar su rastro. Después, pasé a los parques y florerías, con el mismo éxito. Llegué a creer que Clara sólo había sido un sueño, una invención de mi mente, para distraerme de la monotonía de mi vida, pero eso no explicaba las fotos que me había sacado con ella, ni tampoco tantos recuerdos, dulces la mayoría, aunque algo más amargos los últimos.

También me descubrí pensando en más de una ocasión en la posibilidad de que Clara se hubiera transformado en una de aquellas flores que tanto amaba. Había tantas ya que la mayoría me resultaban desconocidas. Yo tenía cuatro o cinco macetas, y tras los cuidados de Clara, éstas se multiplicaron tanto que ya no prestaba atención a la individualidad de las flores, sino al conjunto de ellas. Tal vez en alguna de la familia de los narcisos. Pero era absurdo pensar eso, no era más que un escapismo, una forma de esconderse de una realidad mucho más dura.

Pasó el tiempo. Me volví viejo y casi un ermitaño. Mi cabello se pintó de blanco y olvidé un poco la tristeza. Me resigné a no verla nunca más, a ni siquiera saber cuál había sido su destino, pero al menos había aprendido a vivir sin que su recuerdo implicara una condena, una tortura.

Y una tarde, fría y nublada, una de esas tardes melancólicas en que la nostalgia hace de las suyas, alguien llamó a la puerta. Cuando abrí, no vi a nadie, pero a mis pies descubrí una canasta de mimbre, cubierta por una manta, y en la trenza que sirve para cargarla, una nota sujeta con un alfiler.

La nota, escrita a mano, con tinta verde, decía: “Su nombre es Esperanza. Cuídala; te dará suerte”. Los pensamientos se arremolinaron en mi cabeza. ¿Sería la hija de Clara? ¿Sería acaso nuestra hija? ¿Habría pasado menos tiempo del que yo suponía? ¿Se trataría tan sólo de una broma cruel contra un pobre anciano? ¿Y cómo se supone que me daría suerte? Sólo había una manera de averiguarlo.

Llevé la canasta al interior. La coloqué sobre la cama, y retiré con delicadeza la pequeña colcha que cubría el contenido.

—¡Diablos! —dije, incapaz de dominar la sorpresa. Tibias lágrimas cayeron de mis ojos.

En el interior de la canasta yacía una pequeña y hermosa flor de lis, la favorita de Clara.


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viernes, mayo 16, 2008

End

Lecturas finalizadas (hablemos de ellas)


Nota: Si deseas profundizar en la discusión de alguno de estos textos, te invito a que me agregues al MSN: allacrim@hotmail.com, donde podremos conversar largo y tendido de éste y cualquier otro tema. Gracias.

Julio Verne. De la Tierra a la Luna

Relato histórico. Reláto fantástico. Y finalmente, relato de ciencia ficción. Todo ello, con un humor inteligente, del que verdaderamente hace reír, y con una claridad admirable.

Uno mira, lee, escucha y presiente los modos de pensar de la época en que le toca vivir. En la actualidad, la literatura más apreciada es aquella con un notable trabajo intelectual, y no es sorpresa que la llamada novela psicológica esté tan de moda desde hace varias décadas, mientras que a los autores fantásticos se les mira con cierto desdén, considerándolos pueriles, ridículos incluso. ¿Será que a la gente le gusta pensar que hay algunos mejores? ¿Existe un gusto morboso por ser escupido en el rostro? No me puedo explicar por otros medios ese gusto por lo críptico, por lo snob, por lo ininteligible. No puedo comprender de otro modo que alguien considere de algún valor el discurso de, por ejemplo, Carlos Monsiváis, y que mire desdeñosamente a gente como William Gibson, o J. G. Ballard, o a los autores clásicos de novelas de aventuras.

Pues bien, yo me pronuncio a favor de los autores de aventuras por encima del relato realista o psicológico. Yo prefiero y considero MEJOR a un Verne, un Jack London, un Joseph Conrad que a un James Joyce (y con eso ya he dicho demasiado). Pasé varias horas divertido y emocionado con los ires y venires del Gun club, de esta novela que comento ahora, mientras que "Retrato del artista adolescente", de Joyce, me resultó insufrible, detestable, pretensioso, falso y estúpido. Es el segundo libro del irlandés que traté de leer, y es el segundo que debo dejar inconcluso. La literatura debe ser un placer, no una molestia. Joyce es tan aburrido como Kafka pero no es tan interesante.

No soy lector novato de Julio Verne. En la niñez, tuve muchas horas de emoción, misterio y sueños, con la versión de "Viaje al centro de la Tierra" ilustrada por Chiqui de la Fuente, y adaptada por Carlos Alberto Cornejo, editado por Planeta en 1978, versión que conservo y atesoro. Y hace algún tiempo, leí "Miguel Strogoff", historia de cosacos y viajeros, pero que significó poco para mí. Pero yo deseaba leer más del francés, y en una de ésas, me compré "De la Tierra a la Luna" y "Viaje al centro de la Tierra", en esas soberbias ediciones de Planeta (también) forradas en piel, por sólo veinte pesos cada uno, pues los compré en el puesto de revistas y libros robados de Tasqueña, lugar de las grandes ofertas. Espero ir pronto por allí para apañarme una copia de las aventuras de Nemo en "20.000 leguas de viaje submarino".

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Adolfo Bioy Casares. La invención de Morel

Sobresaliente y apasionante. Borges la describió como perfecta y aseguró que no se trataba de una hipérbole ni de una exageración. Exageraba. ¿Cómo definir la perfección? Si "La invención de Morel" es perfecta, ¿qué son "La vida está en otra parte" de Kundera, "Neuromante" y "Conde Cero" de William Gibson, las "Crónicas de la Dragonlance" de Margaret Weis y Tracy Hickman, o "El reino vencido" de RAF? ¿Cómo definir estas obras que desde mi punto de vista son mejores que Morel? ¿Cabe hablar de grados de perfección? ¿Puede algo ser más perfecto o menos perfecto?

Olvidémonos de Borges y los callejones sin salida a que nos obliga llegar, y volvamos a ABC.

"La invención de Morel" es una novela de corte fantástico, cercana por momentos a la ciencia ficción. Ha sido llevada al cine dos veces, y la teleserie "Lost" está sin duda basada en ella (eso me lo ha informado Tony Kings; gracias, amigo). Es una novela internacional, pues. Eso no significa nada.

Esta novela nos presenta de nuevo el sueño de inmortalidad de los hombres, y los sacrificios que deben hacerse para alcanzarla, o para poseerla. Pero uno se cuestiona entonces si tal renuncia vale la pena. Si tal anhelo y su consecución valen algo. Y mientras uno avanza por las breves páginas de Morel, la soledad se va haciendo más grande, hasta llenarlo todo, si esto no es un oxímoron (para regresar momentaneamente al ciego). Y es que no hay nada más solitario que el hombre, y más el hombre que en medio de la multitud no es conocido de nadie, ese hombre del que nadie sabe su nombre, que pasa desapercibido, que es ignorado, que es como un fantasma.

Su desarrollo se va dando como el de una novela de misterio (estilo policial), pasando por el relato de terror (fantasmas; en dos o tres vertientes, digamos), hasta llegar a la novela psicológica, tan de moda el siglo pasado, que ronda por los pensamientos filosóficos del narrador, pero entonces aterrizar en el relato fantástico no sobrenatural, cuyo antecedente más notorio podría ser "El castillo de los Cárpatos" de Julio Verne, donde la ciencia reemplaza, por fin, al diablo. Una máquina no menos infenal que las promesas de Mefistófeles.

Amena y rápida lectura.

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Neil Gaiman. Coraline

Hacía ya varios años que trataba de leer algo más de este autor, a quien conocí en el comic Spawn 9, y después como escritor de The Sandman y algunos otros comics y novelas gráficas. Supe que con "Sueño de una noche de verano", uno de los volúmenes de The Sandman, ganó el World Fanatasy Award, mismo que ganó Borges alguna vez en el pasado. Esta victoria tuvo como consecuencia que los organizadores del concurso, el más importante a nivel mundial en cuanto a literatura fantástica, modificaran las reglas, prohibiendo la participación de comics y novelas gráficas, salvo en una categoría especial. Todo ello sonaba prometedor. Neil Gaiman tenía que ser un autor a tener en cuenta. Desafortunadamente, nada de él se publica en español, con la pequeña excepción de un puñado de comics.

Unos seis años atrás, aproximadamente, leí un cuento de Neil Gaiman, "Orpheus", bastante breve, en inglés, mismo que acompaña el libreto de un CD compilatorio de música etérea, con voces exclusivamente masculinas. El cuento de Gaiman cierra el libreto, y es un acompañamiento adecuado a la música (claro que el relato toma unos cinco minutos para ser leído, mientras que el disco se prolonga durante unos setena minutos).

Así, tras buscar y rebuscar, pude, al fin, hacerme de Coraline, de American Gods, de Stardust y de The day I swapped my dad for two goldfish, todos ellos en versiones electrónicas (y en inglés). El primero de estos libros que quise degustar fue justamente Coraline, un libro para niños, en apariencia. El propio autor, así lo creía, así lo concibió (lo pensó para una de sus hijas, pero demoró una década en terminarlo, y pasó a ser para su segunda hija... aunque la mayor, tras leerlo, dijo que uno nunca será demasiado viejo para leer Coraline, y no se equivica).

Coraline, como menciona Neil, tras el recibimiento del libro, es una novela que a los niños los hace emocionarse con las aventuras de esta heroina, muy pequeña para su edad, que enfrenta graves peligros, incluyendo una mano malvada, y que a los adultos puede provocarles pesadillas.

Cuando leí el capítulo donde aparece la mano maligna, realmente me estremecí. Las ilustraciones (hechas por Dave McKean, quien ha ilustrado otros trabajos de Gaiman) le dan una fuerza y una vida a las situaciones. Su ilustración de la mano del mal es, y me quedo corto, aterradora.

Coraline no es un relato del todo novedoso. Sus fuentes principales son los dos libros de Alicia (de Lewis Carroll), pero añadiendo elementos de horror gótico clásico, sólo que traídos a la modernidad. No hay castillos, pero si una vieja casa con puertas que rechinan, un monstruo en las profundidades, arañas, gente con botones cosidos a los ojos, etcétera. Es como una historia de Tim Burton, donde la ternura y el terror conviven pacíficamente. De hecho, existen planes (desde hace unos años sólo planes) de convertir Coraline en una película. Ya existe incluso un guión, por nadie más ni menos que Henry Selick, quien es famoso por haber dirigido "El extraño mundo de Jack" (con historia y personajes de Tim Burton) y "Jim y el durazno gigante". Si un día los planes dejan de ser planes y se convierten en hechos, los amantes de la fantasía oscura tendremos una nueva aventura visual. Si no se concreta, tenemos el libro, que es genial (por si no se habían dado cuenta).

Carl G. Jung (y otros). El hombre y sus símbolos.

Si algo me queda claro en este compendio es que Jung (y los jungianos) son más freudianos de lo que estarían jamás dispuestos a aceptar. En pocas palabras: Jung es freudiano a pesar de sí mismo.

Por supuesto, ser freudiano no es ningún defecto, sino al contrario: una gran virtud. No reconozco religión alguna; si lo hiciera, me consideraría Freudiano (o Caballero Jedi, o de la Luminosa Orden de Selune). El problema es que una parte considerable del libro (y de los autores que colaboran: M. L. von Franz, Joseph L. Henderson, Jolande Jacobi, Aniela Jaffé, John Freeman, y el propio Jung) está dedicada a proclamar a los cuatro vientos que Jung y la escuela jungiana no tienen nada que ver con el doctor Sigmund Freud (¡salve!), pero nunca terminan de explicar o demostrar por qué. Al contrario, las teorías propuestas por Jung y sus discípulos son perfectamente explicables mediante el Psicoanálisis Clásico, y la Psicología Social (de la que Freud sienta unas buenas bases; ¿no me cree usted? Le recomiendo "La psicología de las masas y el análisis del yo" y "El malestar en la cultura", ambos de Freud, y verá que no miento).

Pero no es todo. Analizar un sueño mediante el uso de símbolos arquetípicos, como propone Jung, no sólo es más engorroso y lento, sino que al final el proceso desemboca en el mismo resultado. La diferencia es que uno simplemente deja de llamarle falo al símbolo fálico, para llamarlo daga, o espada, o cetro, o cualquier otra cosa que suene más mística, mágica, alquímica o metafísica. Pero el sentido del símbolo viene a ser el mismo.

Dicho lo anterior, no quiero que parezca que Jung y sus amigos sean malos teóricos o psicoanalistas (psicólogos analíticos, dicen ellos), pues sus teorías, mostradas en estos textos, resultan muy interesantes, especialmente en lo tocante al análisis de las tradiciones y del arte (no en un sentido moral o estético, sino puramente psicológico). Es sólo que no tengo demasiadas palabras elogiosas. Pero lea, si le pica la curiosidad, y elabore su propia opinión.

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René Avilés Fabila. Los animales prodigiosos.

Desde que leí a René por primera vez, hará 8 años, me sentí atraído por esa forma de decir las cosas, tan directa, sencilla, clara y divertida (a veces, triste). Cuentos, novelas, artículos políticos y culturales, memorias, ensayos... todo en este autor resulta interesante (no hace falta que usted lo mencione, en el blog personal del autor, hace algunos meses que me declaré su lambiscón oficial; si vas a ser lambiscón, lambea a quienes merecen ser lambeados... otros optarán por García Márquez, Charly Mosiváis o la Princesa Poniatowska), y este libro, regalo de mi amiguita Consuelo (le costó diez pesos, en una venta de garage que se llevó a cabo en la plazuela de la Cineteca Nacional), no iba a ser la excepción. No es de gratis que ganara el premio a mejor libro publicado en el año de su edición (no recuerdo el año; tal vez fue en 1998, pero no estoy seguro).

Lo que nos ofrece "Los animales prodigiosos" es una breve bestiario fantástico, heredero de Arreola y Borges (su libro no lo había leído antes, pero lo fui a conseguir en fechas inmediatas... siga leyendo), pero que camina por sus propios medios, pues mientras Arreola hacía hermosas y poéticas descripciones de animales verdaderos, y Borges una compilación (con su descripción, muchas veces de su propia pluma) de seres de la literatura y la mitología, René inventa (o re-inventa) a cada uno de estos seres. Así, por un prodigio de enfermiza imaginación, las clásicas sirenas, por ejemplo, han sido transmutadas, y en lugar de ser peces con cabeza y cuerpo de mujer, son mujeres con nauseabundas cabezas de pez. No arruinaré otras diversiones; si he tomado este ejemplo, es porque el propio prólogo, de Rubén Bonifaz Nuño, se adelanta; así que de todos modos se les arruinaba la sorpresa.No sé cuál será (o sea) tu postura, pero yo me reí mucho con este pequeño libro.

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J. G. Ballard. Noches de cocaína.

Aterrador. Enojoso. No tengo otras palabras para describirlo. Hay escenas muy incómodas que no distan mucho de la vida material, escenas que uno prácticamente puede reconocer de la vida diaria. Pero la mirada de Ballard convierte a esas escenas en verdaderos relatos de horror (iba a agregar doméstico, pero no estoy tan seguro de que sea la palabra adecuada).

Antes, leí otros dos libros del autor inglés nacido en China (cuya muerte ya parece inminente), "El mundo sumergido" y "La isla de cemento", que me gustaron, pero "Noches de cocaína" es diferente. No sé, no podría decirlo con toda la convicción, si me gusta o no. Pero me impactó, sin duda, y creo que de eso se ha tratado el arte durante toda su historia, de impactar, de tambalear los afectos, de, cuando menos, moverlos un poco.

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J. L. Borges y Margarita Guerrero. Manual de zoología fantástica.

Ya mencioné el bestiario de René (uno de los dos; en 2007 apareció "El bosque de los prodigios", un nuevo bestiario ficticio, del mismo orden, pero dedicado a la fauna fantástica mesoamericana; sobre "El bosque de los prodigios", he escrito una reseña), y dije que se alimenta de éste, que fuera de México se conoce como "El libro de los seres imaginarios".

Más que un libro divertido, se trata de un compendio de algunas de las principales criaturas de la mitología, con frecuencia rescatadas por la literatura, aunque incluye algunos ejemplos de seres ideados de forma literaria (como los de Kafka o de C. S. Lewis). El valor que tiene este libro es el de dar a conocer muchos de estos seres, y más en una época donde el hombre ha olvidado el dragón para ocuparse de asuntos más serios, como la renta o la corbata a la que hace falta planchar). ¿Quién conoce a Behemoth? ¿Y a Bahamut? ¿En qué difieren estos dos amigos? ¿Sabían que hay un Fénix Chino, distinto del occidental? ¿Y un unicornio, también? ¿Y dragones?

En fin, que este manual (eso es, precisamente) nos ayudará a reconocer a esas bestezuelas que rondan ciertos estilos de literatura.

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Poppy Z. Brite. Lost souls?

En español se le conoce como "La música de los vampiros", o "El alma del vampiro". Ambos títulos me parecen poco acertados, pues la novela trata de otras cosas además de música, y no es exclusivamente el alma del vampíro lo que se explora en ella. Steve y Ghost, los protagonistas, no son vampiros.

Si pueden, traten de conseguirla en inglés, pues la traducción a español es absolutamente aborrecible. Aunque la novela está llena de slangs y lenguaje de las calles, vale mucho la pena el esfuerzo que puede implicar su lectura en la lengua original.

Entremos en materia. En breve, "Lost souls?" ("¿Almas perdidas?") es la mejor novela de vampiros que he leído. A la altura de clásicos como "Dracula" de Stocker, e infinitamente superior a las obritas de Anne Rice, esta novela nos ofrece un esplendoroso viaje por algunas de las zonas misteriosas y llenas de magia (para hacer honor a la poesía) de Estados Unidos: Maryland y New Orleans. Pero el escenario que Poppy nos muestra está despojado de esa belleza artificial con que nos han llenado la cabeza el cine y la televisión, y nos ofrece una visión mucho más descarnada y humana del mundo. Pero el escenario es sólo uno de los atractivos que hay aquí. Una novela no se sostiene sólo por sus locaciones (como el cine), sino por sus personajes y su entramado de relaciones, y "Lost souls?" está a la altura.

No quisiera arruinarle a nadie la aventura de leer esta fantástica novela, por lo que sólo diré que si la sangre y el semen están constituidos de proteínas, es fácil adivinar de qué se alimentan algunos de estos vampiros. La palabra mágica es ALGUNOS.

Además, para que se decidan, en "Lost souls?" no se encontrarán con esos vampiros mariquetas y eunucos que llenan de oro las arcas de la histérica y seguramente mal-cogida Anne Rice. Aquí tenemos vampiros alocados e irresponsables, un poco en la onda de "The lost boys", esa legendaria película de vampiros rocanrroleros. Además, el nacimiento de un vampiro es algo sumamente cruel, que nada tiene de sensual ni de agradable... no diré más.¿Soundtrack? Sí, definitivamente. Y éste corre a cargo de Bowie, Bauhaus, Cocteau Twins. ¿Qué más quieren?

martes, mayo 06, 2008

5 relatos novedosos de serenidad fortuita 5


De sacrificios

Detesto a los mayas. Su religión era una blasfemia cruel y malvada. Sacrificios humanos y derramamientos de sangre. Los dioses mayas eran malignos, exigían sacrificios una y otra vez. Por eso me gusta ser cristiano. Un sacrificio humano bastó para tener contento de por vida a nuestro dios.


Disección

Mínima deconstrucción a un motivo de Poppy Z. Brite, de la novela Lost Souls?

Su padre amaba diseccionar cosas. Atrapaba ranas y ratones y los partía por la mitad, exponiendo sus tripas y pequeños cerebros. En los periódicos se escribía últimamente de algunas extrañas desapariciones humanas que habían tenido lugar en el pueblo: dos hombres y un niño. Su padre leía ávidamente esos artículos, posiblemente si ella se asomara al sótano, que servía de laboratorio para su padre, encontraría los cuerpos diseccionados de esos tres, pero cuando el periódico anunció una cuarta desaparición, la de ella, sus probabilidades de echar un vistazo allí se habían desvanecido.


El último hombre

Soy el último hombre sobre la tierra y tengo miedo. Durante años he buscado rastros de otro ser humano vivo, sin éxito. Es definitivo, no hay nadie más en el mundo. Estoy solo y tengo miedo, pues hoy, en el callejón detrás de mi casa, vi una sombra que se movía.


Invasión extraterrestre

La invasión comenzó una noche, en un suburbio típico de los Estados Unidos de Norteamérica, y allí mismo terminó. Un hombre gris y apático, oficinista genérico, tuvo una idea brillante, y pronto se extendió a todo el mundo.

–Es muy simple –dijo él–, sólo debemos hacernos a la idea de que los extraterrestres no existen.

Y los extraterrestres dejaron de existir.


Los rostros

Estoy en la cama tratando de dormir, pero no puedo. En la oscuridad hay rostros que me observan. Cierro los ojos para que desaparezcan, pero cuando los abro, los rostros siguen allí, aunque ahora están un poco más cerca. Me miran fijamente, me estudian, y puedo escucharlos mientras se arrastran bajo la cama, o por las paredes. No veo sus manos ni sus cuerpos, pero sé que están allí. Veo sus ojos. Siento el roce de sus dedos sobre la sábanas, y sé que pronto estarán encima de mí. No puedo contener el grito; lo dejo escapar, y en pocos segundos mi habitación se ilumina. Es mamá.
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domingo, abril 13, 2008

Un cuento al revés

Perdida

Sigo frente a la ventana, sucia de moscas, cerrada, sin aire en la habitación, mirando el camino que va lejos de aquí, por donde Jordán se fue hace varios meses, con un rifle de casa, a luchar por las tierras.

Llevo dos horas de este día sentada frente a la ventana sucia de moscas. Ayer estuve veinticuatro horas continuas sin moverme, un día antes también. Siete días enteros así, esperando a que vengan Jordán o la muerte.

Llevo todo este tiempo sin parpadear, sin comer, sin orinar, sin beber y sin moverme, mirando por la ventana sucia de moscas, esperando que alguien venga de regreso por ese camino que sólo va y no viene nunca, y que se pierde lejos de acá.

Así llevo desde hace no sé cuántos días, mirando por la ventana sucia, llena de moscas, con los ojos bien agarrados al camino, esperando que algo pase, que sobrevengan Jordán o la Muerte y yo pueda proseguir mi existencia. Y ya empiezo a cansarme. Y me he sentido cansada desde hace no sé cuántos días, no sé cuántas tardes, no sé cuántas noches, desde que recibí el telegrama ése: “Señora Clotilde de Caire. Nuestro más sentido pésame al notificarle la muerte de Jordán Caire”.



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viernes, marzo 28, 2008

En Recuerdo de Rozz Williams (RIP 1° abril 1998)

we are like weak flowers
trodden by the step of time

–Macbeth, Forever



Cuando sopla el viento nocturno las flores, en el campo y en la ciudad, se mecen con tristeza. Las amapolas, las rosas, todas las otras flores, danzan con sutiles movimientos. La cadencia de su canción –cantada en lenguaje de vegetales– envuelve las penumbras del campo y la ciudad.

En el mundo no hay espacio para tanto dolor. En el mundo sembraste la semilla del dolor y cosechaste amor, pero el amor te enfermó y te destruyó. Y ahora, nosotros, te hemos sembrado a ti, y el fruto que nació fue el del recuerdo. Es un fruto dulce, pero agrio. No hay amargura, sólo nostalgia. Y cuando tú cantaste de flores, sin saberlo, sembraste una en el corazón de cada uno de nosotros. Y ahora... ahora es nuestro turno de cantar de flores para ti, que te fuiste, quizá con llanto, quizá con un sonrisa amarga.

Pondremos flores, cantaremos canciones, y la suave melancolía que nos legaste será nuestra bandera. Y aunque corran lágrimas por mis ojos, por los ojos de todos, nunca haremos coro de desprecio, sólo amor.

Puede que la vida sea sueño, puede que cada rey tenga o sea un hijo bastardo, puede que cada beso sea de carne y hueso, puede que la boca de una ramera sea perfume y puede que los sueños no acaben con la muerte. Pero si la vida no es sueño y no cada rey es o tiene un hijo bastardo y ningún beso es de carne y hueso y la boca de ninguna ramera es perfume y los sueños acaban con la muerte, no te olvides de ti mismo.




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Rozz Williams, RIP abril 1 de 1998, causa de muerte: suicidio.

Fue el vocalista de la banda Deathrock Christian Death, además de dirigir otros proyectos como Shadow Project, Daucus Karota, Premature Ejaculation, Heltir, entre otros. También se le reconoce como el fundador del estilo Dark Cabaret, con su disco Dream Home Heartache, que grabó en colaboración con Gitane Demone.

La importancia de Rozz Williams en la música es comparable a la de bandas seminales como the Damned o Bauhaus, siendo una de las originadoras de lo que a la postre sería conocido como Gothic Rock, o Deathrock en los Estados Unidos.

A unos pocos días de que se cumpla el décimo aniversario de su muerte, queremos (quiero) rendir un sentido, si bien modesto, homenaje a este hombre, quien aunque desaparecido, sigue vivo en nuestros corazones.



martes, marzo 04, 2008

Sobre "El bosque de los prodigios", de RAF



El bosque de los prodigios, bestiario mesoamericano



Se ha dicho varias veces que “El bosque de los prodigios” (2007), de René Avilés Fabila, es una obra singular, insólita y afortunada, una rareza en las letras, no sólo nacionales, sino en castellano, en donde no es tan habitual el género fantástico (aunque, como en todo, hay grandes excepciones). El mismo René, con su acostumbrado buen humor, mezcla de cinismo e inocencia, dedica algunos elogiosos adjetivos a su libro: magistral, soberbio, genial (esto, en la presentación que se hizo del libro en la XXIX Feria Internacional del Libro del Palacio de Mineria; Ciudad de México). Pero lo que en la mayoría de autores no sería otra cosa que una muestra de pedantería, o en el mejor de los casos, una farsa, en René se trata más un juego, un doble sentido. Por una parte, no parece que él mismo esté totalmente convencido de lo que ha expresado, porque si algo tiene nuestro autor, es humildad, y no parece que esté dispuesto a aceptar que alguna, la que sea, de sus creaciones, pudiera convertirse en obra maestra; por otra parte, es evidente su profundo amor por lo que hace, y cuando alguien ama, ese objeto amoroso se convierte ante nuestros ojos en algo sublime, que merece todos los elogios. Estoy seguro de que Einstein sabía que él era, probablemente, el hombre más inteligente del mundo; reconocerlo, eso se llama sinceridad; hacer de cuenta que no es así, eso es de pusilánimes.

Se ha dicho que “El bosque de los prodigios” es un libro de enorme erudición, y en la misma medida, de enorme imaginación. Es cierto. En su gestación tuvo presencia un profundo escudriñamiento, una amplia investigación en torno a la fauna mesoamericana; para ello, recurrió a los textos de algunos autores, como Bernal Díaz del Castillo, fray Bernardino de Sahagún o Hernán Cortés (no está de más echar un vistazo a sus “Cartas de Relación”). Hay datos precisos y totalmente reales en estos seres portentosos que pueblan este bosque. Pero el dato real no es lo que predomina, ni tampoco es el espacio más adecuado desde el cual habrá de leerse este libro. La mayor parte de la obra se construye a partir de la invención pura; en otras palabras, es un texto de ficción.

Muchos lectores estarán tentados a descubrir cuáles elementos de los que conforman “El bosque de los prodigios” son reales y cuáles son imaginarios. Pero no tiene caso, no hay necesidad de eso. El libro tendría más bien que ser leído para disfrutarse, y no para aprender, aunque no niego un aprendizaje posible, tras el recorrido de esta obra; quiero decir que, si uno pone atención, podrá darse cuenta de que si bien estos maravillosos animales habitan las páginas de este bosque, el hombre aparece allí como una sombra furtiva, que con su exacerbado narcisismo (se cree animal superior), decide quién y qué puede vivir, y quién y qué, no. Pero esta no es una nueva enseñanza, simplemente se trata de una reafirmación (aunque no creo que ello fuera una pretensión de RAF). Así que la sugerencia es no buscar una cualidad moralizante en este texto, sino goce y disfrute, y algunas risas; pero no la estúpida risa de los ángeles, como diría Milan Kundera, sino esa otra risa más profunda e intelectual, esa risa irónica del que se da cuenta de la vacuidad de la existencia, y comienza a sacarle el mejor provecho.

Porque algo que no se ha dicho, al menos no tan abundantemente, sobre “El bosque de los prodigios”, es que se trata de un libro divertido, humorístico. Pero que el lector no se asuste con esta palabra; el auténtico humor no es el chiste fácil de las conversaciones entre amigos, en una fiesta inocua; el humorismo, como en Jonathan Swift, es una de las creaciones del intelecto y la astucia que permiten al hombre acceder al conocimiento del ser, pues la risa hace de la investigación humana algo más blando y manejable. Aquí, me gustaría añadir, tal vez un poco con calzador, las palabras que RAF dedicó al enorme poeta Otto-Raúl González (1921-2007), refiriéndose a “que nunca en un continente trágico y solemne ha perdido el sentido del humor, (y) que escribe a veces con aires de fina y elegante ironía”[1]. Es por ese sendero, quizá, por donde más convenga entrar a este bosque encantado y encantador.

A manera de conclusión, “El bosque de los prodigios”, muestra lo que posiblemente sea la mejor faceta de nuestro autor, la del narrador fantástico y de ingenio. El propio RAF ha afirmado en más de una ocasión que, de su trabajo literario, el género fantástico es el que él prefiere. Siendo así, que sirva este breve comentario como una invitación al viaje, a través de esta floresta de prodigios sin igual, y si al lector le gusta la experiencia, deseará acudir al resto de la obra fantástica de RAF, afortunadamente reunida bajo el título de “Fantasías en Carrusel”, en dos volúmenes.


[1] René Avilés Fabila. “Homenaje en Bellas Artes a Otto-Raúl González”, en: Universo del Búho. México, año 8, num. 87, julio de 2007.

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viernes, febrero 29, 2008

2 Poemas 2

Despertar soñando

Despierto en un parpadeo del tiempo
Para mirarte dormida
Cuando respiras a la luz de la noche
Te miro dormida
Miro tus labios que sueñan
¿Qué sueñan?

Abierto el ojo de la noche
Me duermo respirando tu espalda
Tu nuca
Tu pelo
Vencido por el sueño
Y sueño que sueñas mis besos
Cuando estoy dormido

Besas mis ojos
Dormida besas mis ojos
Me despiertas en un sueño
En que sueño que duermes
Y cuando despierto tú duermes

En el guiño de un tiempo
Me levanto para mirarte desde la puerta
Duermes el sueño de cansancio
Buscas en tierras extrañas
¿Qué buscas?
Yo sólo te miro dormida
Y quisiera dormir entre tus brazos
Respirando tu espalda
Tu nuca
Tu pelo
Y soñar que sueñas mis besos


De la muerte

Estoy rodeado de gente que va a morir
tarde o temprano
tal vez hoy
o tal vez mañana
Y nadie evitará ese fin

No es que importe
No es que moleste
Sólo puntualizo la soledad que
al final lo abarca todo desde el nacimiento

Caminamos por calles sucias
Recorremos días y noches
de desconsuelo
de viejas heridas
de viejas lluvias y viejos octubres

Un día vamos a morir
Entretanto
hay que buscar algo que hacer
entretenernos con la vida
con el amor

y con uno o dos amigos

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La Montaña Rusa

La montaña rusa


La fila para la montaña rusa se extendía por kilómetros. Pasarían muchas horas antes de poder subir en ella y dar un paseo, pero él mantenía el optimismo, pues tarde o temprano lo lograría. A veces, llovía un poco, otras, el viento golpeaba, no eran raras las nevadas ni el calor sofocante.

Él miró al frente, y vio que la fila ya era más corta, tal vez dos o tres kilómetros de gente delante suyo. Su sonrisa se mantenía imperturbable, él sabía que pronto tendría ese recorrido, lo disfrutaba por adelantado, y pensaba que la promesa de satisfacer un deseo es parte del deseo mismo y de su satisfacción final. Pero no mucha gente compartía su pensar, y poco a poco decidían abandonar sus puesto en la larga fila, haciendo que ésta se acortara bastante.

Frente al hombre, sólo había tres personas más, que ocuparon sus lugares en los coches del juego mecánico. Él ya no alcanzó, pero cuando se terminara este recorrido, sería el primero en el tren, donde iría sentado al frente, el primero en experimentar las caídas y jaleos de la máquina.

No despegó la mirada de su reloj, contando el tiempo del recorrido. Dentro de dos minutos al fin lograría subir. Pasaban los segundos con lentitud. El tiempo terminó, y el tren llegó, para recoger nuevos paseantes. Se acomodó él en su asiento, y cuando el tren se llenó, y el operador arrancó el juego, éste no respondió. En el segundo intento, el tren comenzó a avanzar, pero se detuvo en la primera loma, incapaz de subir.

Después de algunos minutos en que los técnicos revisaron la maquinaria, se decidió que hacía falta una compostura mayor, y que quedaría fuera de servicio hasta nuevo aviso.

Él volvió a casa, decepcionado, pero cuando el juego funcionara de nuevo y fuera abierto al público, él estaría allí, en esa fila que se extendía por kilómetros. Alguien le pidió que por favor no se formara de nuevo en la fila para la montaña rusa.

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lunes, febrero 11, 2008

Dos relatos

El plan

Mis dedos rodearán su garganta, y presionarán más y más, y cuando ella deje de luchar y su cuerpo caiga sobre el piso, la miraré y le diré adiós. Tomaré el teléfono y llamaré a la policía, y les diré que habrá pasado, no ocultaré nada. Entonces, escucharé las sirenas de las patrullas en la lejanía, y si mirara por la ventana podría ver los destellos azules y rojos contra la inmensa oscuridad de la noche, pero no miraré, no hay razón para eso. Y cuando la policía llegue, ya me habré ido.


La última carretera

La carretera era negra, plana, recta. Kilómetros y kilómetros de lo mismo. Cerros grises quedaban atrás, vistos por la ventana del vehículo, como un programa de televisión demasiado aburrido para prestarle más atención que a un anuncio de información pública sobre la importancia de ahorrar agua o pagarle a hacienda. La luz parecía inmóvil, como si las seis de la tarde fuera la única hora que el día conociera allí. Los buitres –negros, enormes, carentes de gracia y virtud– volaban sobre nuestras cabezas. A mi mente vinieron recuerdos lejanos, viajes en carretera al pueblo de mi padre, viajes a una ciudad más lejana, para agradecer a un dios niño de cerámica, viajes a un pueblo en medio de los cerros, para visitar a una enamorada. Eran viajes largos, aburridos, invariables, excepto cuando la neblina caía de golpe a nuestro alrededor, acrecentando el riesgo de caer por un barranco, haciéndonos sentir la proximidad de la muerte con cada giro de los neumáticos, y el nieblumo nos abrazaba como un manto vivo de encaje.

La carretera se extendía hasta donde la vista podía percibir. Una enorme serpiente negra con una única línea blanca en el dorso. Horas y horas de recorrido, y ni un solo auto en sentido contrario.

El aire era tibio, y tenía un olor peculiar. A los lados de la carretera, sólo tierra y llanos. Algunos espinos, algunos matorrales, pero nada semejante a la vida.

–Enciende la radio –dije, y la música llegó a mis oídos. No sintonizaba bien, pero al menos era una variación del incesante zumbido del motor y del roce de las llantas con el asfalto. Traté de conciliar el sueño, y creo que estaba por conseguirlo cuando su voz me trajo de vuelta a la realidad.

–Pronto llegaremos.

Miré. Al frente de nosotros, todavía lejos, pero visible al fin, se levantaba una ciudad. Parecía un puñado de edificios y torres amontonados, como si unas manos gigantes se hubieran dedicado a comprimir ese espacio de civilización color óxido.

Mirar ese cuadro me hacía pensar en los campamentos petroleros, que pude conocer gracias a un libro con fotografías que tuve en la infancia. Montones de hierro y concreto colocados como una intrincada red, como un laberinto de hormigas, casi como un cuadro de Escher, pero uno muy desesperanzador. Era triste como el otoño, y hermoso como un puente del siglo XX, lleno de luces y coches haciendo sonar sus bocinas, llevando a sus ocupantes a casa, después de una dura jornada en la oficina, en el colegio, en el hospital.

Sobre la ciudad, una nube negra amenazaba con tormenta. Debajo de la nube, pequeñas figuras negras se movían azarosamente. Eran buitres. ¿Qué hacen los buitres sobre la ciudad?

Al fin llegamos. La ciudad estaba inmóvil, en silencio. Sólo los semáforos en las esquinas seguían trabajando. Un esfuerzo inútil, pero constante. Había otros autos en la ciudad, sobre las avenidas, como si sus ocupantes se hubieran visto obligados a dejarlos allí por causa de alguna emergencia. Recordé los terremotos que viví en el pasado, y el pánico de la gente, que si era capaz de arrojarse de un edificio de treinta niveles, dejar el auto a media calzada no era ningún sacrificio. Yo mismo dejé una vez mi auto así, para ir tras una mujer que amé. Ya no recuerdo su nombre, pero ella era real.

El auto se detuvo en una esquina, frente a un semáforo en ámbar. Descendí. Y él se marchó. No había autoridades que se lo impidieran.

Caminé en busca de la dirección que me dieron. Cuando la encontré, a pocos metros de donde bajé, vi que se tratada de un edificio de departamentos. Toqué, pero nadie respondió. Aunque me pareció inútil, empujé la puerta, y ésta se deslizó hacia dentro, tan suave como nueva, sin emitir rechinido alguno, a pesar de la podredumbre que reinaba en el lugar. Dentro estaba oscuro, y apestaba a muerte. Busqué un interruptor con la mano, y palpé algo suave y húmedo. Esperaba que sólo se tratara de moho. Cuando encontré en interruptor y pude iluminar el lugar, ahogué un grito pánico en la garganta. Cuerpos en diferentes estados de descomposición, algunos mutilados, otros deformados, colgaban de cadenas por todas partes. Hombres, mujeres y niños habían sido masacrados por igual, y convertidos en ese cuadro obsceno de muerte y humillación. Ninguno tenía ropa. Ninguno tenía ojos.

Fue cuando escuché el graznido, un graznido casi como un chillido, casi como un grito humano. Y recordé los buitres que volaban sobre la ciudad, y comprendí que la ciudad no era otra cosa que su nido, o un criadero de esas bestias. Quise correr, pero choqué de frente con un hombre alto y serio, que me hizo caer de espaldas sobre el suelo sucio. ¿De dónde salió, maldición?. Llevaba un sombrero con una pluma roja, y su mirada feroz lastimaba mis ojos.

El graznido se repitió, y pude ver una sombra bajando por las escaleras. Cerré los ojos, para no ver mi propia muerte, pero una mano suave se posó sobre mi hombro.

–Levántese, por favor –dijo una voz dulce y suave.

La miré. Era una dama elegante, hermosa. Me indicó que la siguiera, y el hombre caminó detrás de nosotros.

Ella vestía de negro con algunos toques rojos y blancos. Una estola de los mismos colores adornaba su cuello delgado y largo, como un cisne. No, no un cisne, más bien un buitre.

{Gracias a Jaqueline por su ayuda en la reparación de este último texto}
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sábado, enero 12, 2008

Una Fábula desde el Vacío

La Caída

...lo que Lacan llama el objeto a: condensa la Cosa que es imposible
y a la vez mortal, la sustituye y así permite mantener una relación con ella
exento del peligro de ser tragado por ella
...
Este vacío de la ausencia del objeto es el lugar que Lacan –retomando
una noción freudiana del Proyecto de 1895– denomina la Cosa (das Ding),
término con el cual nombra lo imposible, el goce (...) como inalcanzable.
–Daniel Gerber


Julia es una mujer casada. Tiene tres hijos, un empleo más bien exitoso, y es reconocida en el medio como una buena fotógrafa.

Hace unos años que conoció a Héctor, cuando fue contratada para ilustrar un artículo suyo en una revista. Se llamaban por teléfono con frecuencia, pero, para desilusión de Julia, se veían muy pocas veces, todas ellas en el entorno de sus profesiones.

Héctor aparecía ante ella como una promesa de seducción, como quien sería capaz de cubrir la falta que su marido, sus hijos y su trabajo no supieron llenar. Las llamadas telefónicas se volvieron su centro de atención, lo escuchaba e imaginaba su próximo encuentro. Durante cuatro años sólo se vieron ocho veces, el último sólo una, pero Julia seguía con su fantasía de pasar a la corporeidad, y sentirse plena.

Julia ha dejado de asistir a su trabajo. Tampoco ha vuelto a tomar fotografías. Ve su vida como una botella vacía. Llama a Héctor. Lo obliga a efectuar el encuentro deseado. Se encontrarán en un hotel barato.

En un breve instante, la cercanía ha desgarrado el velo que los cubría; ahora, se miran como descarnados, demasiado parecidos a sí mismos. Se ha disuelto el tesoro prometido.

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viernes, diciembre 28, 2007

Los cantos del mal olor

Los cantos del mal olor
o
De destripamientos








Ella: Bukowski se destripó y se hizo rico.
Yo: Y se compró un carro de 300.000 dólares.
[Fragmento de una conversación con Araceli]



1

Me reconozco infeliz ante ti, seas quien seas, que no te conozco, y a quien extraño como un infierno. No es la tristeza lo que me embarga, sino la extrañeza de no sentirme triste y abatido como en otros momentos iguales. Qué es lo que siento y lo que soy ahora, eso yo no lo sé. Desamparado, quizá, pero nunca he buscado un padre en las alturas. Perdido; sí, definitivamente estoy perdido. Avergonzado, no tendría de qué. Cansado; sin duda, sería mejor que todo se viniera abajo una noche de éstas. No sé qué es lo que quiero buscar o a qué espero para hacerlo. No sé nada de eso ni de mí, y creo que no me importa. O me importa muy poco. El silencio dentro de mí me parece más importante hoy que la luz y el ruido de todos los lugares que amé y frecuentaba; ruidos y luces que me hicieron feliz un tiempo. Ese silencio que se rompe de vez en vez cuando la vocecilla insistente grita que hay algo que no he completado y que debo descubrir qué es, una vocecilla que suena tan parecida a un graznido malintencionado y lejano. Esa voz que quisiera callar de una vez para siempre, mientras leo, bailo, escribo y canto inmóvil, solitario, mudo, sordo, torpe, desafinado, ciego y casi muerto; mientras bebo agua con hielo a medianoche, a las dos de la mañana, a las tres; mientras imagino que dejar de respirar debe ser parecido a dejar de caminar o a dejar de rascarse la cabeza en público o de tronarse los dedos. Debo reconocer que a veces la tristeza me visita, pero como de pasada, como preparándose para soltar su martillazo fatal, que tanto espero, más por curiosidad que por deseos de morirme. Lo reconozco, pero niego que sea tan desdichado como solía ser o creer serlo hace unos años. Será que la soledad me sienta bien, será que nací para dedicarme a mí mismo, que no sé ser responsable para proteger a nadie; será que gozo tanto de la pena que en el fondo no quiero compartirla con nadie, será que soy demasiado egoísta. No quiero que nadie me entienda; no quiero eso ni nunca lo querré. Prefiero la oscuridad y la sombra, y algunos amigos que no me pidan cuentas; las cuentas me las reservo para cada atardecer, para cada madrugada justo antes de dormir. Cuentas ante el espejo. Me miro reflejado en el vidrio empañado de un baño una noche demasiado fría y tímida para gritarlo. Es malo envejecer. Esos ojos que reflejan aún hoy la luz y que un día te miraron de frente sin vergüenza y con orgullo, recuperan las marcas del pasado que se vuelven evidentes cada hora, cada minuto de tu ausencia que ya se ha prolongado más de un año. Ya sé que no volverás, y así está bien; lo sé ahora y lo supe todo el tiempo. No es que no me duela; es, creo, que ya me habitué. Me gusta eso, el hábito. Fue más complicado los primeros meses, pero hoy sería más complicado que regresaras. No podría soportar tu voz, ni tu cuerpo, ni tus ojos puestos sobre mí. No soportaría que me amaras de nuevo, no soportaría que nadie me amara de nuevo. Para mí, estas marcas que dejaste al irte son sagradas. Y todos los rincones que quedaron vacíos, vacíos se quedarán; así están bien, así debe ser. Incluso estas manos vacías y secas, que tanto lloraron la pérdida de tu piel, secas y vacías quieren quedarse por el resto de sus días. Estas mismas manos que palpan la ventana cuando miro a la calle, donde todo perdió su significado desde aquel día, cuando la ciudad se convirtió en un amenazador laberinto, retorcido y maloliente, habitado por incontables recuerdos sedientos de venganza y olvido. Ríndete. Ríndete, me dicen cuando me atrevo a salir. Pero los ignoro. Los recuerdos son muertos y los muertos no escriben cartas, no cantan, no hablan y no importan. Los muertos no pueden lastimarme. Antes, cuando yo gritaba, las imágenes de ese presente me herían con sus voces y con sus colores brillantes. Ya no hay brillo en el mundo. El sol se ha quedado tras una nube; la luna muestra su cara negra. Cuando grito, el eco calla, nada me perturba. Puedo dormir tranquilo y no soñar. Puedo despertar cada día sin la pesadez de los símbolos imaginarios revoloteando como hacían hace unos años. Es mejor así, con sólo las umbrías canciones fúnebres y su música de cuerdas, y el viento del otoño que se quedó encerrado en mi cuarto y que no se ha marchado en años. Quiero gritar como un rugido callado y un edificio derrumbado. Quiero quitarme de encima el polvo acumulado la noche anterior. El polvo amarillo y salvaje de la memoria. Quiero borrarme por completo, devorarme yo mismo, enterrarme en una fosa vacía, cubrirme con sábanas de tierra y líquenes fríos, bajo la lluvia y los desastres naturales a que soy tan propenso, como la primera vez que te dije «te amo» con todas las consecuencias que acarreó. Quiero desarmarme como un maniquí, perder la cabeza, las manos y los ojos; quiero perder los dientes y las uñas que tanto tienen de ti. Desvanecerme en el silencio y en la penumbra donde no existen los nombres ni las culpas ni los reproches. Flotar entre nubes y bolas de fuego y gas en la negrura que se alza por encima de mis más altos deseos, y que no quede ni el recuerdo de los recuerdos, ni los ecos lejanos de ningún sueño. Perder la forma, la materia, el alma. Y yacer eternamente a la deriva entre los mundos y lunas allá, afuera, lejos, donde no hay nada de ti. Pero en lugar de eso, me miro al espejo y pienso que es malo envejecer. Y veo mi propia imagen multiplicada mil veces en los ojos de este extraño solitario en el vidrio frente a mí. Y me entran unas ganas enormes de arrojarme al lodo, de revolcarme entre la inmundicia y la escoria. De abrir la boca y devorar la mugre y llenarme de miedo y cosas negras y grises, y reaparecer entre los hombres como un criminal. Pintar toda la ciudad de un blanco absoluto y aparecer con harapos oscuros y manchas de suciedad humana a embarrarlo todo. Y anunciar que ya no te amo más a los cuatro destinos del planeta. Quiero gobernar la mentira y las apariencia, y las cuatro paredes que me rodean y que no me ven salir en días. Quiero que nunca nadie más me ame, ni amar a nadie nunca más.


2

Quiero que mi cuerpo vuelva a diluirse en otro cuerpo, en un cuerpo de una mujer de madera, astillas y escamas. Revolcándose entre la arena de los descansos y días verdes. Hasta que mi sangre también llegue a la dilución con sus besos y su aliento amargo, como una floresta que muere en un incendio. Entonces, quiero hacerme un hoyo en la carne para que fluya por allí la sangre; enredarme en el agua turbia de un pantano y atraer a los tiburones que como un solo gran tiburón acaben por devorar este corazón. El agua oscura va a entrar en mí, y yo me convertiré en un monstruo cruel y vagaré sin hogar, hacia el paraíso que quiero contaminar de enojo. Haré el frío mientras camino solo. Los recuerdos serán quemados en los hornos de la memoria. No quiero arrepentirme de nada y no quiero tener nada que perder. Quiero aullarle a la luna una noche de éstas, y manchar mi hocico con la sangre limpia de los mortales, y enterrar mis garras en los músculos de aquellos que sonríen, extender las alas y elevarme hacia la opaca iluminación de una luna demasiado cansada. Dicen que hay un castillo de ónice en su cara invisible, elevado entre montañas de escombros y robles petrificados. Allí, seguro hay silencio, y podré dormir sin escuchar las voces detrás de la puerta.


3

Por las tardes me dan ganas de inyectarme algo. Tengo en este pequeño vial un negro en forma líquida; me lo inyecto y mi sangre pierde el color. Tengo este otro vial con azul también líquido. Mi sangre se hará noble, pero venenosa. Y cuando sea de noche, saldrá a vagar por allí, llevando a mi cuerpo a que retoce en las charcas infectas y podridas. Pero en este momento, siento que muy lejos, dentro de mí, se libra una guerra terrible. El corazón, el cerebro, el hígado, los riñones, la mierda, discuten sobre cuál es más importante en su función. El corazón deja de palpitar y siento un desmayo; el cerebro se desconecta y me viene así de pronto una alegría inmensa; el hígado se va a descansar y me retuerce todo; los riñones se van a huelga y siento inundaciones; la mierda se niega a partir, y de pronto, como si de la nada, me siento más y más pesado. El aliento cambia. Hasta la mirada cambia y el mundo se ve un poco más sucio que de costumbre, y huele peor. Pero sigo adelante con mi plan de ennoblecer mi sangre, y cuando los primeros rayos de la luna se asoman, yo ya estoy nadando entre los renacuajos, golpeando las puertas de las cámaras oscuras, llevado al límite, dragándome a mí mismo. En el agua negra veo un rostro; me veo como nunca me vi antes, retratando todos los traumas y degeneración y los dolores sufridos, y veo que nunca fui libre. Tomo una rama y me golpeo hasta romperme los ojos, y veo ciego manar el azul de la sangre, que se revuelve con algunos pensamientos que accidentalmente escaparon por el mismo agujero. Y pienso, la muerte es azul, la muerte es el espeso azul del firmamento nocturno, y el llanto de la muerte es el murmullo de una lechuza que se lleva una rata entre las garras para devorarla. Me gustaría ser un sapo, que me trituren las mandíbulas de un gato salvaje junto al río en el bosque que una vez visité, cuando todavía quería estar vivo. La brisa de la madrugada sopla y me cobija con su calor helado, hasta que me voy durmiendo y me duermo. En el lado de la realidad en que estoy ahora, veo un campo lleno de rosas salvajes de espinas asesinas. Las moscas y las avispas se encajan y son tragadas con premura. Incluso, escucho los eructos de las flores, y las veo cuando van corriendo a cagar detrás de un arbusto ofendidas por mi lascivia; se han dado cuenta de que están desnudas y de que las observo atentamente. Luego de un rato me aburren y miro a otro lado; una pequeña loma de estiércol, y sobre ella, una margarita blanca y pura hace el amor con un abejorro gordo y dorado. Son felices, y me entran deseos de pisotearlos, pero despierto y ya es de tarde. El charco de ayer se ha secado; aún tengo un renacuajo en la nariz. Luego de aspirarlo, me entran ganas de inyectarme algo. Te hago llorar y me meto tus lágrimas hasta el fondo.


4

La tráquea rota yace sobre el suelo. Las hélices de oxígeno fuera de control. Las nubes del sentido de todo esto muy lejos demasiado pronto. Las venas revientan. Los ríos corren. Hay anuncios de diluvios y ciudades perdidas en televisión durante toda la madrugada. En la garganta los tallos crecen sin flores. Los campos de margaritas se pudren en el invierno que dormita en mi jardín. Un pétalo se cierne sobre tu ojo como un párpado y tus párpados como pétalos caen a la tierra este otoño. No puedo ver bosques por árboles. El veneno se dispara dentro de las arterias. Ahora todo se ha ido al diablo y de regreso otra vez. Los lirios rosados flotan sobre las charcas de primavera donde los enamorados ahogan mutuamente sus dolores. Donde sueñan con el día siguiente. Por mi parte yo me ahogo de otra manera. No es sangre lo que corre por mis venas. En mis venas corre la tristeza. Las guirnaldas avejentadas me coronan. Debería marchitarme como las flores de esta cama. Pero me hago a la mar en barcos vacíos. Un suelo de rosas muertas a tus pies. Llaman a la puerta. La ramera está muerta al igual que el resto de aquellos rostros familiares que dejaron huella de los sinsabores por débiles razones. ¡No me apuntes con ese dedo artrítico! La carne inmóvil trajo toda la desesperación. Estrangulado. Recién nacido. Un leño más al fuego. El pistilo y los filamentos de este clavel se incendian cada nuevo amanecer. Frutos amargos cuelgan de los árboles podridos en mi jardín de oscuro y delicioso desprecio. Un centro traumático. Epicentro. ¿Puedes sentir el terremoto? Sólo es un teatro imaginado y los cuerpos yacen desnudos sobre el escenario porque son cuerpos de madera y plástico aun si respiran. Tócame. Tócame antes del otoño. Antes del otoño. Cinco minutos más y nos vamos al diablo. El deseo es alimento. Mira esa magnifica espalda de porcelana. Sobre su cuerpo de arena las flores de la condena florecen prósperas como un lujo de días pasados llegados a los días presentes. ¿Qué es lo que miras? Mi temor secreto es retirarme a un rincón y abrazarme a mí mismo y hacerme el amor a mí mismo cuando estoy solo.


5

El minúsculo verso que se ha formado en tus labios nunca va más allá de tus sienes tomadas por asalto por mis besos. En estas latitudes sólo hay sangre que fluye roja y amorosa de mis abrazos a tus caricias. Nos hemos encerrado mutuamente entre fiordos y ciénagas grises para devorarnos poco a poco cada noche.


6

Esta mañana, al salir, vi cómo toda la ciudad comenzaba a oxidarse. Cayó una oscuridad que parecía noche. A mi paso, el suelo cambiaba; el concreto se convertía en acero demasiado expuesto al sol y la lluvia; el pavimento parecía disolverse en múltiples tonos ocre. Los edificios parecían bailar en un vaivén de un viento invisible, ramas de una selva demasiado urbana. Los puentes se derrumbaban sobre autos desgastados y rojos. Las formas están quietas, dormidas, altas como hombres. En los callejones cuelgan retratos rotos, despintados por el paso del tiempo. Los vagabundos en las aceras duermen sin darse cuenta del paso de la corrosión sobre sus cuerpos y sus sueños. El cielo parece un mar de sangre. Me aviento de cabeza contra él, entre murmullos que nadie observa. Un barco hundido. Hay un grito en medio de todo eso, un grito que vuela desde la ventana que sale al interior de mí. Ruido de vidrios rotos. Y ese hombre dentro de mi boca que a veces habla cosas de las que yo no sé nada, escapa y me mira por última vez. En los callejones perdidos de la ciudad que cambia en las sombras, se cuentan historias de tragedias que ocurren bajo los puentes. Pequeños cuentos de suicidios y nacimientos terribles. Niños de menta helada se alejan con sonrisas verdes, y se marchan a los días en que los árboles cayeron. El señor elegante de sonrisa de caramelo de rayas blancas bebía agua sobre la mesa en cualquier parte, y murió ahogado. Yo me quiero ahogar con él, con música de saxofones, con olores de perfume fino y sexo barato. Las mortajas corren sucias por los ríos de lágrimas en la ciudad. Hay un aroma de velas muertas. Hay velas muertas marcando el camino a la celebración en la casa de madera donde nunca nadie vivió. Regreso al cuarto de arriba, y a mi paso, la ciudad recupera su luz pero yo me quedo blanco y seco.


7

De pronto la desesperación llega, incisiva y burlona. Es ridículo; casi puedo reír a grito franco. El miedo nunca viene solo, trajo a aquella desdichada. El miedo paraliza y en medio del desespero, el llanto se niega a salir como se niega a marcharse del todo. Vivo rodeado de desesperanza y desconsuelo, de desilusión, amargura y angustia. Todo eso se me ha pegado en la piel, como una costra. Quiero arrancarla de tajo, pero hay un terror casi sagrado sepultado allí. Quiero gritar a pulmón vivo que ya no sé qué hacer, que se me han terminado las opciones, pero no hay voz en mi garganta, sólo hay gemidos y tristeza. Hay frustración y soledad. Tengo miedo de la vida, aun más que de la muerte. Quiero escapar de todo esto, pero también anhelo ganar lo que podría ganar si me quedara. He olvidado cómo tomar decisiones. He olvidado la vida en otra parte. Sólo un poco de agua. Sólo quiero un poco de agua. Un pequeño espacio de mar, guardado para mí.


8

Presiento la existencia de unos labios nuevos, anhelo su frescura. De nuevo corro, brinco, grito y empujo. De nuevo huelo, siento y veo. Tomo el telescopio, el microscopio, hasta el galvanoscopio y sondeo entre mis poros en busca de sonrisas. Detrás del hígado me pareció ver una tormenta con luminosos relámpagos. Junto a mi oreja izquierda, algo pica, y me hace soltar la carcajada. Humedezco mis labios con un beso imaginado y salgo en busca de la vida. Hace un sol tremendo, y casi me derrito de contento cuando me tomaste por el brazo más o menos un segundo y medio. Hay días en que presiento que llevo una cinta de audio en la cabeza. Hoy es uno de esos días. Es parecido a rebobinar la cinta nueve años y reconocer que mucho ha cambiado pero que en general el mundo es el mismo. Escucho voces de jóvenes adolescentes que lo único que quieren es comerse al mundo a enormes bocanadas, y me pregunto qué pasó con esos ánimos. Una década de subidas y bajadas, de mareos y sobresaltos parecían haber mellado sus espíritus. Pero hoy es un día extraño. Hoy esos tres viejos muchachos se reúnen en torno a cualquier cosa, y reconocen que hay algo para ellos en alguna parte, que está allí esperando a que alguien lo tome. Hoy ha sido un día extraño y bueno. Quizá esta noche me acueste temprano y duerma bien. Quizá esta noche me tope de frente con unos labios nuevos que me den de su frescura.


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domingo, diciembre 09, 2007

Cuento Novedoso de un Hada Amorosa

Un buen beso


Salimos del Scary Witches, ese siniestro café lleno de alegría y buena música. Caminamos lado a lado por Balderas. Nos despedimos con un abrazo.

–¿No me dejas darte un beso en los labios? –pregunté.

Y ella besó mis labios.

Fue un beso fugaz, suave, tierno. Fue un beso sonriente. No fue un beso de amor.

Fue un buen beso.


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