domingo, octubre 19, 2008

El espejo de la Reina: Novedoso relato de serenidad fortuita

(Ilustración: John Tenniel)

El espejo de la Reina


La Reina Blanca contemplaba sus docenas y docenas de espejos maravillosos. Su rostro hermoso con apenas luz de alguna arruga rebelde, dejaba escapar gigantescas sonrisas y miradas furtivas de saber prohibido. La música del ajedrez rojo y negro (había sido remodelado varias veces durante el último siglo), y los vientos de los pastos secos mecían su corazón amorosamente, mientras trataba de dormir, pero nunca dormía, pues el trabajo de vigilar a Alicia a través de los espejos nunca terminaba.

Alicia, a los 17 años, se embarazó y al caer por unas escaleras de Escher, y rodar durante días y noches enteros y enteras, malogró al producto de aquella noche salvaje de éxtasis y rock funky, más algo de Sigue Sigue Sputnik, covereando a los Smashing Pumpkins, vodka con jugo de naranja barato, cigarrillos mentolados y un preservativo defectuoso. El mundo es un maldito vampiro que nos chupa la sangre del ánimo, y nos quedamos encerrados en jaulas corriendo y corriendo en el mismo lugar. Si me quedara inmóvil quizá volvería a ser niña.

La Reina Blanca sonreía con malicia. Alicia sonreía con amargura. La Reina Margoth no tenía nada que ver en todo eso. Y Alicia estaba tan mal que orinaba miel. Y su mierda olía como pétalos de rosa pasados por vodka con chocolate. Los cerdos gruñían y ladraban y maullaban al otro lado de la puerta del chiquero, donde Alicia dormía cuando era niña. Pero realmente esa puerta no estaba allí, sólo era un recuerdo, pues al volver de su aventura, que nunca pudo ser confirmada, sus padres decidieron llevarla a New York, donde la vida es más tranquila.

En el jardín trasero de Alicia los hongos florecían y se multiplicaban, y con ellos preparaba estofados y jugos especiales para cuando tenía que emprender uno de esos largos viajes hombre adentro, de ésos que están llenos de peligros y tormentas eléctricas y pus y sudor. Pero Alicia ya no era la misma, mientras los hongos humeantes prosperaban en el sótano.

La Reina Blanca vigilaba el banal envejecimiento que sometía el cuerpo de Alicia. Veía su rostro otrora radiante repleto de arrugas y de ojos desesperanzados. Pero no siempre fue así. Antes la joven Alicia vivió aventuras memorables, pero eso ha sido olvidado, aunque no por todos. La Reina Blanca nunca olvida. Al volver a su mundo, donde no todos están locos, según las versiones oficiales del reino, Alicia comenzó a consumir, además de hongos, ácidos y otras drogas sintéticas, y a asistir a clubes de jazz ortodoxo, aburridos, desencantados, como un epitafio por adelantado a una vida de desenfreno y sexo, que finalmente la haría sucumbir. Su vida se consumía entre aburrimiento y aburrimiento, entre un día y una noche, entre dormir y soñar que no se sueña gran cosa.

El único pasatiempo que tenía Alicia era jugar ajedrez contra ella misma. Cuando ganaba, festejaba como una loca, cuando perdía, se arrastraba llorando sobre el suelo, hasta llenarlo de sangre y lágrimas negras, agua manchada de maquillaje barato. Pero no había nadie que le diera consuelo. Ni siquiera el polvo oscuro o los fantasmas del licor y la cerveza que suelen visitar a algunos de sus compañeros. La soledad nunca pareció tan solitaria como en el cuarto de Alicia, en el edificio alto donde ahora vivía, en New York, tan alto que el ruido de los autos apenas llegaba a sus oídos, sin siquiera causarle un leve dolor de cabeza.

Su belleza no tenía comparación entre las niñas de su escuela, pero más tarde, sumida en la depresión y la adicción, la luz de sus ojos de luciérnaga morada se apagó, como una vela en el agua. La última chispa de sabiduría quedó perdida, atrapada en esa estrella que Alicia vio, la última mirada lúcida, antes de acabar así, como un bufón de una corte de otra parte. La Reina Blanca la miraba y se alegraba. Esa era su vana venganza contra la niña que la humilló.

Creative Commons License

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.