
Entré a la cantina buscando una soledad más grande que la soledad que llevo adentro. Hace días que el mundo se ha quedado vacío, sin sus palabras, sin su cabello rojo y su sonrisa de niña y sus ojos brillantes y de poco dormir. Me senté en una mesa escondida atrás de unas cortinas que cuelgan de una viga y pedí una cerveza. Encendí un cigarro y me dijeron que no se podía fumar. Cada vez somos menos libres, ya ni siquiera nos dejan matarnos a gusto, sufrir a nuestro antojo. Y yo quiero sufrir un rato, quiero extrañar esa caballera de fuego, esas trenzas, ese cuello de un hermoso color bronce. Quiero fumar y caerme de borracho para no acordarme que todo el día me acuerdo de ella. Ahora sólo la veo los sábados y sin posibilidad de hablarle, en medio de tantas gentes. Para el dolor hay que estar solo. No se puede sufrir y estar con amigos, así no sabe, uno acaba riendo y yéndose a ver bailarinas nudistas con música folklórica. Hoy no estoy de humor para eso, hoy quiero serle fiel al recuerdo, a la pinche memoria que me hace retorcer por dentro. Otra cerveza, por favor. Y unos tacos de ubre, con todo, con salsa roja. Como su cabellera, como sus trenzas rojas. A veces usa una trenza, a veces dos, a veces tres. A veces ninguna. Y cómo la extraño. Vine a buscar más soledad para olvidar la mía, pero no encontré nada: ni soledad ni esperanza ni nada. Sólo ese color dorado y esa espuma que nunca me han sido crueles, que me ayudan a olvidar cómo duele el dolor, por lo menos hasta que despierto. Pero en lo que llega la anestesia, me sigo acordando. Su voz, su color y su pelo rojo oscuro. Debería ir a buscarla ahora mismo. Debería agarrar el teléfono y llamarla: Hola, te amo. Otros tres, por favor, con todo, y otra Corona.
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

1 comentarios:
Ya me estaba asustando.
Publicar un comentario